Manchakuypi Kay

Los trabajadores de Trotsky

La militarización de la vida laboral

Publicado: 2014-05-01

En sus escritos en defensa del terrorismo (publicados en París en 1937), León Trotsky juzgaba que quien quiere el fin no puede repudiar los medios.

Para un autocalificado militante de la vanguardia proletaria, esa frase encerraba muchas cosas. Al fin y al cabo el golpe de estado perpetrado por los bolcheviques en octubre de 1917 contra la insipiente pero sincera democracia parlamentaria rusa era parte de un amasijo de elementos que se justificaban desde dos pilares: la liberalización del obrero explotado por la burguesía (obreros que en Rusia eran una apabullante minoría) y la inmediata reinvención política y social a partir de la extirpación de esa explotación. En este último caso, esa reinvención exigía concentrar todo el poder en un solo hombre: Lenin, líder de los golpistas.

Técnicamente, esa solución no pasó de ser un aggiornamento del despotismo zarista. Por ello, si en el exilio Lenin prometió una jornada laboral de seis horas, cuando capturó el Kremlin impuso una jornada de catorce. Como lo expresarán una década más tarde los nacional-socialistas germanos, los comunistas soviéticos también concebían que “el trabajo os hará libres”.

No será la única similitud entre ambos bandos “socialistas”. En Literatura y revolución (Moscú, 1924), Trotsky alegó a favor del empleo de la eugenesia para la creación del “hombre nuevo”. Respecto al “trabajo”, un filósofo tan profundo y abstracto como Heidegger (únicamente claro y concreto al afiliarse al nacional-socialismo) lo hermanaba (junto con la educación) al servicio militar. Por su parte, el acalorado Trotsky no iba por una senda muy distinta. Gracias a él la Rusia de Lenin dio paso a un régimen laboral totalmente militarizado.

Su enemigo Stalin explotará al máximo esa apuesta, decretando en 1940 una jornada laboral de ocho horas, de siete días a la semana y la prohibición de renunciar al trabajo. Penalizará las ausencias injustificadas y las tardanzas. Así, llevar a cabo una huelga o simplemente no ir a trabajar devenía en un acto de abierta subversión. En virtud a esa severidad, los invasores alemanes colocaron carteles en las ciudades capturadas con la siguiente promesa de Hitler: Yo no conduciré a los obreros a un tribunal cuando lleguen con veintiún minutos de retraso.

Evidentemente, el “gobierno del proletariado” no estaba para soportar ningún derecho fundamental “pequeño burgués”. Es más, a los que se atrevían a detener la construcción del socialismo se les tratará como antisociales. Tal es como en el presente lo asumen regímenes comunistas como Cuba y Corea del Norte. Igual China, pero en la zona donde a impera el mercado libre la respuesta represiva estatal colisiona con un tipo de habitante que el resto de China desconoce: un ser lo suficientemente capitalizado como para ser tomado en serio en sus demandas laborales. Palmaria muestra de que los disturbios y el progreso económico van de la mano. Eso fue lo que en 1848 vio Marx, pero no lo entendió.

Sin duda, esa manera antiliberal de concebir el “trabajo” fue la que dio paso a los campos de trabajo forzoso. Masa de esclavos que Stalin empleará para industrializar a la URSS. Otra macabra inventiva soviética que antecederá a los campos de concentración nazi. En el caso ruso, centros correctivos donde a los políticamente “desviados” se les redireccionaba en las metas “proletarias” que (a decir de Trotsky) no estaban para repudiar los medios.


Escrito por

Paul Laurent

Ensayista. Autor de los libros \"Summa ácrata. Ensayo sobre la justicia y el individuo\" (2005), \"La política sobre el derecho\" (2005), \"Teología y política absolutista en la génesis del derecho moderno\" (2005) y \"El misterio de un liberal. El extraño sen


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Odiseo en tierra

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